Cruzamos cuatro palabras con una mujer que habita el barrio, y que nos indica más o menos la ubicación de la ermita.
La subida es por pista; no creo que merezca la pena hacerla en coche. Nos sale un mastín al encuentro, en esta ocasión no es ni amenazador ni amigable, sino miedoso. Mejor así.
La pista se empina aún más y nos deja bajo las paredes (hay una vía ferrata montada) donde está la ermira rupreste (siglo VI) metida en la roca.
Están de obras (agostgo de 2026) y queda un poco deslucida.
Regreso por el mismo itinerario.
Disfrutamos de las luces y la calma (incluso de un sábado de agosto) de este rinconcito de la Cordillera Cantábrica.




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