martes, 1 de abril de 2008

Pipaón. Sierra de Cantabria, Montaña Vasca



20.03.08. Mari Mar es una de las amigas de Beatriz de su época universitaria. Disfruta, junto a sus padres y hermano, de una potxolada de casa en Pipaón, un pueblecito de la Montaña Alavesa. Y tanto que está en "la Montaña": La muralla de la Sierra de Cantabria está ahí (la que separa esta comarca de la Rioja, alavesa o no), a menos de un cuarto de hora en línea recta. Las cimas de Cervera y Recilla, entre el sector de Eskamelo y el de Palomares, se encuentran a menos de hora y media del mismo.
 
Periódicamente tiene a bien organizar una jornada de la cuadrilla de amigos de la época de sus estudios de Enfermería. Están la pareja Oscar y Ane, Beatriz, Eduardo, Patricia y José, aparte de la propia Mari Mar (MM), entre otros.
Al otro lado de esta muralla, tapizada de hayas y adornada de afloraciones rocosas calizas, se encuentra la famosa Rioja Alavesa, bañada de sol, arquitectura mediática y viñedos. Como nos recuerda la madre de MM, es precisamente gracias a estas montañas y al efecto benéfico que tienen sobre el clima, por lo que al otro lado pueden producir el afamado vino que tanto le está dando de bueno a esa comarca.
Mirando un poco en internet antes de ir, vi que disponen en el pueblo de un Museo Etnográfico (llamado Usatxi). La madre de MM comentó que se encontraba cerrado porque el que lo enseñaba había fallecido. No obstante, una señora llamada Pilar ha tomado el relevo, y por suerte, ya que una famila de Donosti que andaba por allí estaban muy interesados, tuve la oportunidad de visitar el mismo.
Esta señora no es, como en principio supuse, una de esas “puesta por el Ayuntamiento” (como llama Beatriz a los pasmaos, usualmente el menda), sino una protagonista del asunto en primer grado: Semi-fundadora del museo, dice que lleva guardando cosas antiguas del pueblo “desde los cuatro años”. Colabora con Aranzadi, recuperó el grupo de danzas del pueblo, etc.
La visita, por tanto, fue enriquecida con su presencia, enmarcando el origen y objeto del museo debidamente.
 
Nos habló de la llamada “Caja de Misericordia”, que se encuentra a la entrada en la planta baja; data del siglo XVI, y se utilizó hasta la deácada de los 40, forjándose su utilización en auténtica ley entre los vecinos.
 
Durante la visita de las tres plantas de la casa se podrán observar muchos objetos de la antigüedad que a los más mayores que yo seguro que les traen muchos recuerdos.
Si muchas de estos elementos y tradiciones se han podido conservar son gracias a su emplazamiento, que como decía arriba, está prácticamente junto a las paredes de la montaña, y por tanto no es cruce de caminos, y no se ha visto arrastrado por el trasiego del comercio y los intercambios culturales que sí se han dado en pueblos cercanos (Lagran o Peñacerrada, p.e.). Pilar nos dio el dato, en cuanto a la lengua, que el euskara ella calcula que se perdió poco antes de 1800.
 
El cortado que me tomé en el bar (plaza del pueblo) me costó a precio “de capital” (1,05 €). La tortilla de patata tenía buena pinta.
Casi a las cuatro (horario de comida de pueblo, como no podía ser de otra manera) fue la hora de comenzar a comer. Afortunadamente, tras el postre (mención especial a la super-caja de finas pastas “Vasca” de la calle Gorbea de Gasteiz) salimos a pasear toda la tropa hasta el Parque que tienen montado junto al depósito de aguas a cielo abierto (15-20’ sin niños). Disponen de mesas y es una gozada de sitio para comer, merendar, jugar, abrir una ruta directa a cima, …
 
Ya de vuelta, toca la laboriosa tarea de preparar a los niños y despedirse de los amigos. Nos quedaba hora y media pasada de viaje hasta Donosti. Afortunadamente la noche siguió como el día, es decir despejada, como la carretera, que en este caso no era “perdida”.

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